Las
maestras Desusa González y Andrea Chavajay no pueden
contener las lágrimas mientras contemplan lo que queda
de la escuela, que albergaba a 400 alumnos. Una parte del
muro cedió a la embestida del lodo, que sepultó
la cancha de baloncesto de la que apenas asoman las canastas.
Cuentan las dos profesoras que la noche del desastre varios
alumnos acudieron a la escuela en busca de refugio. Sólo
se salvaron los que alcanzaron a subir al segundo piso, adonde
no llegó la avalancha. El patio se convirtió
en una trampa mortal que arrancó la vida de varios
muchachos. “Aquí veníamos a trabajar y
nos han quitado a nuestros alumnos”, suspira una de
las maestras.
Por instrucción del director de la escuela, recorren
estos días los albergues donde están los desplazados,
con el propósito de elaborar un censo de los niños
del cantón de Panabaj y conocer el número exacto
de supervivientes.
Sendero intransitable
La calle de la escuela, como todas las del pueblo, es un lodazal
por el que hay que hacer equilibrios para no quedar hundido
hasta la rodilla.
Las labores de búsqueda de desaparecidos -de 800 a
1.000, según el alcalde- se suspendieron definitivamente
el lunes por la tarde, después de que el equipo de
13 bomberos voluntarios llegados de España con perros
adiestrados confirmara que no hay ninguna posibilidad de encontrar
a nadie con vida.
“Nuestra misión es buscar supervivientes. Después
de dos días de trabajar en Panabaj tenemos la certeza
de que no hay ninguno. Seremos más útiles en
otras zonas donde hay alguna esperanza”, explicó
un integrante de la brigada de voluntarios españoles.
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