No sé por qué, pero siempre por estas fechas
y en la medida que se acerca la Navidad, una inexplicable
sensación se va apoderando de mí. De repente
me siento alegre y me motiva el alboroto que generan las multitudes
en los centros comerciales. Me entusiasma el ambiente que
se respira entre la gente en torno a las proximidades de esa
fiesta tan especial. Me causa muchísima ternura observar
la inocencia de mis hijos escribiéndole al famoso Santa
Claus. Ese curioso y gordiflón personaje de la mitología
gringa moderna, que desplazo la verdadera celebración
del nacimiento del hijo de Dios y, quien supuestamente llegará
desde el Polo Norte. Según ellos, Santa llegará
en su colorido trineo halado por unos hermosos venados y con
todos los regalos que muy discretamente cada uno le describió
en sus interminables listas. Me dejo también llevar
por la corriente que genera la moda de vivir en Gringolandia
y de repente soy otro mas de los que como Vicente, llegan
a casa con su indiscutible arbolito. ¡El famoso arbolito!...
El que obligadamente tiene que ser decorado con foquitos de
colores, adornado con figuritas de madera y que será
sin discusión alguna, el que cobijará los regalos
de la familia hasta que llegue el día del “Merry
Christmas”.
Así van transcurriendo los días y por momentos
me confundo entre la gente en los almacenes; revisando las
listas que mis hijos le mandaron al mentado Santa.
De
repente me detengo entre el bullicio y los empujones para
reírme de las charadas que alguno de mis patojos se
le ocurrió poner en su lista. Entre la emoción
y el deseo porque ese barrigón horrible y odioso, les
lleve la mayor cantidad de peticiones, me pongo hacer cuentas
tratando de estirar los centavos y de comprar conforme el
pisto me va alcanzando, sin tener que echarle mano a las ya
sobre giradas tarjetas de crédito. Pero, de repente,
ahí cuando menos me doy cuenta, mi mente se pierde
en un vacío infinito. Entonces, una extraña
sensación me hace sentir cierta tristeza y me da por
recordarme de mi patria, de mi gente y de mis tradiciones.
Cómo por arte de magia empiezo a sentir el olor a manzanilla,
a pino, a cohetes... ¡Y me dan ganas de volar!...En
esos precisos momentos me dan ganas de mandar todo al carajo,
de tirar las listas que me dieron mis hijos, de olvidarme
de Santa, del árbol, las luces y los colores. En esos
instantes todo lo que quisiera es...¡Volar a Guatemala!...
¡Sí!, en esa laguna mental imaginariamente me
transporto a mi patria y me veo rodeado de mis costumbres
y acompañando de mi gente. En esos momentos vuelvo
a ser niño y regreso a los tiempos en que felizmente
y sin la plasticidad que envuelve la sociedad en la que hoy
vivo, esperaba sin tantas charadas el nacimiento del hijo
de Dios.
Es
una sensación con sentimientos encontrados hasta cierto
punto difícil de comprender. Es que tengo mas de veinte
anos celebrando la Navidad en este helado país, oyendo
y viendo por todos lados el jo, jo, jo. Y, sin embargo, a
mi corazón todavía no lo logro acostumbrar.
De ahí que durante todos esos años, venga sintiendo
las mismas sensaciones cada vez que se avecina la Navidad.
No sé cuantos chapines radicados aquí experimenten
las mismas sensaciones que yo experimento cada año.
Pero de lo que sí estoy totalmente seguro, es que en
estas épocas, todos aquellos seres que tuvimos que
abandonar nuestro país, sin importar las circunstancias
que hayan sido, todos, sin excepción, cambiaríamos
las riquezas, los lujos y las comodidades, por el simple hecho
de pasar una Navidad en nuestra patria y muy cerquita de ustedes.
El
día de hoy, quiero aprovechar estas fechas tan especiales
para hacer llegar en nombre de esos miles de guatemaltecos
que vivimos tan lejos de nuestros seres queridos: un beso
para nuestras madres, un abrazo para nuestros padres, una
rosa para nuestras esposas, un corazón para nuestros
hijos y fuerte apretón de manos para nuestros amigos.
Todos y cada uno de ustedes que pasen una... ¡Feliz
Navidad!..
|