| Muchos
piensan que Adán vivió sin problemas porque
no tuvo suegra y en esto tienen razón. Ese fue uno
de los males menores de los que se salvó. Otros, suponen
que Adán subsistió sin conflictos maritales
y en ello, se equivocan. No los tuvo con Eva, pero que los
tuvo, los tuvo y gruesos.
Cuando
Dios creo a la fauna del paraíso, lo hizo por parejas,
hembra y macho, como debe ser, para su mutuo contentamiento
y para multiplicar la especie. El género humano, no
iba a ser la excepción así que, utilizando el
barro del Edén, creo al hombre, alto y fornido y a
la mujer de exquisita figura y frondosa cabellera. Dos seres
bellos, de piel lisa y con los atributos necesarios para la
procreación.
Y Dios,
satisfecho de su obra, les dijo: tú, te llamarás
Adán y tú, Lilith; creced y multiplicaos. Los
dos sonrieron felices, se contemplaron con satisfacción,
observaron el jardín que recibían como morada
y como si fuere poca cosa, lleno de alimentos gratuitos. Ya
ellos, se encargarían de llenarlo con sus descendientes.
Y como no tenían nada que hacer, más que coger...
lo que necesitaran, empezaron a ejercitarse en el rito de
la fecundación. Adán, lo hacía con tal
arrebato que terminaba antes que Lilith calentara motores
y esto la disgustaba y la dejaba frustrada.
Es fácil
comprender la torpeza del primer varón, no había
tenido entrenamiento prenupcial, ni quien lo aconsejara en
esos menesteres. La falta de manuales de desempeño
contribuía a su incompetencia.
Lilith veía con envidia a algunas hembras del reino
animal, pues creía que ellas eran mejor atendidas por
sus respectivas parejas, pero confiaba en poder enseñarle
a Adán algunas de las técnicas que la hicieran
quedar satisfecha. Pero el tal Adán no daba señales
de mejorar en su desempeño y a Lilith se le agrió
el carácter.
Al entregarse
a los placeres del himeneo, Adán siempre buscaba la
posición del misionero, llamada así, ya que
él creía que esa era su misión; y la
primera dama del universo resentía esa terquedad, pues
deseaba estar arriba, marcarle el ritmo y de paso enseñarle
al primer fornicador, como se hacían las cosas. Pero
no, él siempre terco, machista diríamos hoy,
invariablemente quería ir arriba y no aceptaba sugerencias.
Un día de tantos Lilith se cabrió y si no le
mentó la madre a su consorte, fue porque no la había,
pero desafiante, le gritó: ¡Estúpido,
las mujeres arriba!
Y se negó
a continuar con la faena. Debido a esa expresión de
inconformidad, algunas féminas le atribuyen a Lilith,
el calificativo de haber sido la primera feminista del orbe,
pero ése es otro tema que ya se discutirá en
otro tiempo y lugar.
Después
de la primera negativa y de la terquedad de Adán a
cambiar de posición y no aceptar propuestas, cada vez
que el primer hombre buscaba a la primera mujer para hacer
cositas, ella se negaba, aduciendo dolor de cabeza, excusa
poco original que prevalece hasta nuestros tiempos.
Los problemas maritales continuaron. El quería, pero
ella no. Adán pretendió imponerse, aduciendo
que el hombre era la cabeza del recién formado hogar,
pero no encontró más justificaciones para su
respaldo, ya que no trabajaba para llevarle el sustento a
su consorte, ni le proporcionaba el vestuario, por el simple
detalle de no haberse ideado todavía. En consecuencia,
no gozaban ni siquiera el placer de desvestirse entre sí.
Ella, no aceptó ningún argumento y le dijo cara
a cara, que ambos eran iguales y con los mismos derechos,
y que siempre, ¡no! Agregó que prefería
ser libre y si fuera necesario hasta célibe, que después
de todo y de ser necesario, podía prescindir del sexo.
Un día de tantos, Lilith tomó su peine y abandonó
el paraíso. Adán quedó solo y triste.
Con decirles, asústense, que extrañaba hasta
el parloteo interminable de su cónyuge. Luego, con
envidia, le dio por observa en acción a los macho de
las otras especies y empezó a ver y a seguir en forma
sospechosa a sus hembras.
Dios se
compadeció de Adán y como había que hacer
algo con urgencia, antes que enloqueciera, o lo que es peor,
se diera el primer caso de bestialismo; le dijo que le iba
a dar otra compañera, la idónea y cuando el
dormía, como es de dominio público, le extrajo
una costilla y con ella formó a Eva. Cuando Adán
despertó y vio a su nueva compañera, quedó
encantado. Se dijo con fruición: Ésta, está
como quiere. Está mejor que la otra y sin perder tiempo
la estrenó. Eva, quedó satisfecha, pues Adán
ya era hombre de experiencia y si el concepto hubiera existido
en aquellos lejanos tiempos, se hubiera dicho que se creía
el papá de los pollitos. Eva, como era una mujer satisfecha,
no era brincona y hasta dócil le resultó.
Lilith, ajena a los últimos acontecimientos, vivía
contenta. Gozaba con la creencia de que había fregado
a Adán y que éste no tenía con quien
acostarse, no precisamente para dormir, y que la estaría
deseando por los siglos de los siglos. ¡Que sufra! Se
decía, con satisfacción. Pero un día
se enteró, de la otra. ¡Adán tenía
una nueva compañera! y quien de ribete presumía
de ser feliz. Esto fue el acabose. Lilith, a la que apodaban
la ninfómana, armó tal berrinche que hasta los
demonios con los que cohabitaba fuera del Edén, se
asustaron.
Y aunque esto suena como a telenovela, gritó que lo
único que le quedaba era la venganza. ¡Ya verían
ese par de desgraciados!
Por largo
tiempo maquinó lo que consideraba su desquite y un
día se presentó ante Eva, con la apariencia
de víbora y la indujo a desobedecer la orden emitida
por Dios, de no comer el fruto del árbol prohibido.
Eva, inocente, comió y compartió el fruto con
Adán y ambos fueron arrojados del Paraíso, con
las consecuencias mediáticamente difundidas.
Durante
largo tiempo se le echó la culpa a Eva por la situación
en que vive la humanidad, pero la divulgación de la
verdadera historia reivindica a nuestra madre Eva y señala
a la auténtica culpable: La tal Lilith; quién
de paso le heredó a la telenovela el sobrenombre de
culebrón.
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