VOZ DE LA COMUNIDAD GUATEMALTECA EN LOS ESTADOS UNIDOS • LOS ANGELES CALIFORNIA, FEBRERO 16 - 28 2,006
No. 116 • AÑO 16 • CIRCULACION QUINCENAL

EDITORIAL - OPINIONES
Editorial:Los asentamientos marginales en Guatemala
Columna del Director: Los propósitos del año nuevo
Sin tapujos
El rol de la mujer moderna
La otra
¿Nito y Neto?





Por: Chente
La otra

Muchos piensan que Adán vivió sin problemas porque no tuvo suegra y en esto tienen razón. Ese fue uno de los males menores de los que se salvó. Otros, suponen que Adán subsistió sin conflictos maritales y en ello, se equivocan. No los tuvo con Eva, pero que los tuvo, los tuvo y gruesos.

Cuando Dios creo a la fauna del paraíso, lo hizo por parejas, hembra y macho, como debe ser, para su mutuo contentamiento y para multiplicar la especie. El género humano, no iba a ser la excepción así que, utilizando el barro del Edén, creo al hombre, alto y fornido y a la mujer de exquisita figura y frondosa cabellera. Dos seres bellos, de piel lisa y con los atributos necesarios para la procreación.

Y Dios, satisfecho de su obra, les dijo: tú, te llamarás Adán y tú, Lilith; creced y multiplicaos. Los dos sonrieron felices, se contemplaron con satisfacción, observaron el jardín que recibían como morada y como si fuere poca cosa, lleno de alimentos gratuitos. Ya ellos, se encargarían de llenarlo con sus descendientes. Y como no tenían nada que hacer, más que coger... lo que necesitaran, empezaron a ejercitarse en el rito de la fecundación. Adán, lo hacía con tal arrebato que terminaba antes que Lilith calentara motores y esto la disgustaba y la dejaba frustrada.

Es fácil comprender la torpeza del primer varón, no había tenido entrenamiento prenupcial, ni quien lo aconsejara en esos menesteres. La falta de manuales de desempeño contribuía a su incompetencia.

Lilith veía con envidia a algunas hembras del reino animal, pues creía que ellas eran mejor atendidas por sus respectivas parejas, pero confiaba en poder enseñarle a Adán algunas de las técnicas que la hicieran quedar satisfecha. Pero el tal Adán no daba señales de mejorar en su desempeño y a Lilith se le agrió el carácter.

Al entregarse a los placeres del himeneo, Adán siempre buscaba la posición del misionero, llamada así, ya que él creía que esa era su misión; y la primera dama del universo resentía esa terquedad, pues deseaba estar arriba, marcarle el ritmo y de paso enseñarle al primer fornicador, como se hacían las cosas. Pero no, él siempre terco, machista diríamos hoy, invariablemente quería ir arriba y no aceptaba sugerencias. Un día de tantos Lilith se cabrió y si no le mentó la madre a su consorte, fue porque no la había, pero desafiante, le gritó: ¡Estúpido, las mujeres arriba!

Y se negó a continuar con la faena. Debido a esa expresión de inconformidad, algunas féminas le atribuyen a Lilith, el calificativo de haber sido la primera feminista del orbe, pero ése es otro tema que ya se discutirá en otro tiempo y lugar.

Después de la primera negativa y de la terquedad de Adán a cambiar de posición y no aceptar propuestas, cada vez que el primer hombre buscaba a la primera mujer para hacer cositas, ella se negaba, aduciendo dolor de cabeza, excusa poco original que prevalece hasta nuestros tiempos.
 
Los problemas maritales continuaron. El quería, pero ella no. Adán pretendió imponerse, aduciendo que el hombre era la cabeza del recién formado hogar, pero no encontró más justificaciones para su respaldo, ya que no trabajaba para llevarle el sustento a su consorte, ni le proporcionaba el vestuario, por el simple detalle de no haberse ideado todavía. En consecuencia, no gozaban ni siquiera el placer de desvestirse entre sí. Ella, no aceptó ningún argumento y le dijo cara a cara, que ambos eran iguales y con los mismos derechos, y que siempre, ¡no! Agregó que prefería ser libre y si fuera necesario hasta célibe, que después de todo y de ser necesario, podía prescindir del sexo. Un día de tantos, Lilith tomó su peine y abandonó el paraíso. Adán quedó solo y triste. Con decirles, asústense, que extrañaba hasta el parloteo interminable de su cónyuge. Luego, con envidia, le dio por observa en acción a los macho de las otras especies y empezó a ver y a seguir en forma sospechosa a sus hembras.

Dios se compadeció de Adán y como había que hacer algo con urgencia, antes que enloqueciera, o lo que es peor, se diera el primer caso de bestialismo; le dijo que le iba a dar otra compañera, la idónea y cuando el dormía, como es de dominio público, le extrajo una costilla y con ella formó a Eva. Cuando Adán despertó y vio a su nueva compañera, quedó encantado. Se dijo con fruición: Ésta, está como quiere. Está mejor que la otra y sin perder tiempo la estrenó. Eva, quedó satisfecha, pues Adán ya era hombre de experiencia y si el concepto hubiera existido en aquellos lejanos tiempos, se hubiera dicho que se creía el papá de los pollitos. Eva, como era una mujer satisfecha, no era brincona y hasta dócil le resultó.
 
Lilith, ajena a los últimos acontecimientos, vivía contenta. Gozaba con la creencia de que había fregado a Adán y que éste no tenía con quien acostarse, no precisamente para dormir, y que la estaría deseando por los siglos de los siglos. ¡Que sufra! Se decía, con satisfacción. Pero un día se enteró, de la otra. ¡Adán tenía una nueva compañera! y quien de ribete presumía de ser feliz. Esto fue el acabose. Lilith, a la que apodaban la ninfómana, armó tal berrinche que hasta los demonios con los que cohabitaba fuera del Edén, se asustaron.

Y aunque esto suena como a telenovela, gritó que lo único que le quedaba era la venganza. ¡Ya verían ese par de desgraciados!

Por largo tiempo maquinó lo que consideraba su desquite y un día se presentó ante Eva, con la apariencia de víbora y la indujo a desobedecer la orden emitida por Dios, de no comer el fruto del árbol prohibido. Eva, inocente, comió y compartió el fruto con Adán y ambos fueron arrojados del Paraíso, con las consecuencias mediáticamente difundidas.

Durante largo tiempo se le echó la culpa a Eva por la situación en que vive la humanidad, pero la divulgación de la verdadera historia reivindica a nuestra madre Eva y señala a la auténtica culpable: La tal Lilith; quién de paso le heredó a la telenovela el sobrenombre de culebrón.

 

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