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tan notable como el propio timo e indicador del enorme poder
cultural de sus autores materiales es el hecho de que la revelación
de la mentira de Rigoberta no ha cambiado nada. El comité
del Nobel ya ha rehusado reclamar su premio, los miles de
cursos universitarios que hicieron de su libro un texto obligatorio
para los estudiantes americanos continuarán haciéndolo,
y los redactores editoriales de las principales instituciones
de prensa ya han defendido sus falsedades con los mismos argumentos
que los partidarios del timo de Tawana Brawleys hicieron famosos:
incluso aunque miente, dice la verdad.
En
un editorial en respuesta a estas revelaciones típico
de las reacciones de la prensa, el Los Angeles Times sacó
brillo a la enormidad de lo que han labrado Rigoberta, los
terroristas guatemaltecos, la izquierda francesa, la comunidad
internacional izquierdista de “derechos humanos”,
los compañeros de viaje del comité del premio
Nobel y los radicales en posesión de la comunidad académica
americana. Al tiempo que reconocen que hay algo que no encaja,
el Times concluye que sería incorrecto empañar
toda la causa por los excesos del libro de Rigoberta. “Tras
las mentiras iniciales, el aparato internacional de activismo
de los derechos humanos, el periodismo y la academia cooperaron
para exagerar la calamitosa condición de los campesinos,
cuando un simple relato de la verdad habría sido suficiente”.
¿Pero
lo habría sido? Si el simple relato de la verdad
hubiera sido bastante, entonces las mentiras de Rigoberta
serían innecesarias. ¿De modo que por qué
las dice?. Si hubiera alguna verdad en el mito mismo, las
guerrillas de Guatemala no habrían desaparecido en
dos o tres años. El hecho es que no hubo sustrato social
ninguno para la insurrección armada que estos castristas
intentaron forzar, el mismo que hubo en favor del esfuerzo
suicida de Guevara en Bolivia años antes. En última
instancia, la fuente de la violencia y la miseria resultante
que Rigoberta describe en su pequeño libro destructivo
es la propia intelligentsia [élite intelectual]
izquierdista, para la que esta poseur [presumida] guatemalteca
era una heroína marxista que esperaba que sucediese.
Rigoberta
Menchú tomó por idiotas a los defensores del
tercermundismo en el comité del premio Nobel y a
sus irresponsables patrocinadores académicos de
Stanford y otras universidades, todos los cuales buscaban
tal fraude para legitimar sus fantasías. Junto con
los agentes castristas de desinformación tras este
proyecto, todos convirtieron a Yo, Rigoberta Menchú en
un monstruo, que ahora figura junto a los diarios de Hitler,
un pájaro de pluma política similar, como el
gran timo literario de nuestra época.
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