Nuria
Maldonado y su esposo tomaron una decisión a finales
de 2005: irse a vivir a Huehuetenango. ¿Las razones?
“muchas”, responde. Pero la principal es que la
calidad de tiempo que le daba a su familia era cada vez más
decadente.
Cuenta que salía a las 7:00 de su casa y regresaba
a las 8 de la noche, mientras sus dos niños compartían
el día con sus abuelos. “Además, no íbamos
al cine ni al estadio ni al teatro, entonces eso no nos iba
a hacer falta si nos veníamos a Huehuetenango”.
Pero Nuria y su esposo no pensaron sólo compartir más
tiempo juntos en su nuevo hogar. ¿Y el colegio?, ¿y
de qué vamos a vivir? fueron dos preguntas que se hicieron
una y otra vez. Fue entonces cuando empezaron la búsqueda
–que duró meses- para ubicar a los niños
en un buen colegio y solicitaron empleo en las extensiones
universitarias para dar clases.
Ella es comunicadora, él, economista y ambos tienen
una maestría. “Por lo menos en 2006 sabemos que
estamos bien, pero pondremos algún negocio para evitar
cualquier problema”, dice. Hasta ahora, la cuota de
sus servicios ha bajado considerablemente. En la ciudad pagaba
Q200 de energía eléctrica, mientras que en Hue-hue-tenango
paga Q30 por mes.
Sin embargo, el agua le llega a través de un pozo y
el camión que recoge la basura, no tiene servicio hasta
su casa, por lo que tiene que ir al vertedero municipal. Pero
Nuria considera más importante sentirse segura. Esto,
a pesar de que la Policía Nacional Civil tiene 30 agentes
en Huehuetenango, una comisaría por departamento y
6 en la capital.
Pero la migración de los capitalinos a los departamentos
no es tan común. En algunos casos se da por cuestiones
de salud, seguridad, trabajo o simplemente porque las familias
regresan a su lugar de origen después de cierto tiempo
con la idea de retirarse a un lugar pacífico.
“De eso ni siquiera hay estadísticas porque son
casos aislados. La verdad es que se da al revés porque
el salario es más bajo en el campo que en la ciudad”,
dice Carlos Zúñiga, presidente de la Cámara
del Agro.
Reconoce que quienes se van a vivir a algún departamento,
saben que el costo de vida es más bajo. “Allá,
usan leña, no pagan gas; no usan carro porque todo
está cerca, se ahorran la gasolina; no compran todas
las hierbas en el mercado, sólo las arrancan del patio,
entonces todo se les hace más fácil”,
explica.
En ese sentido, Liseth Estrada, una secretraria bilingüe
que decidió partir a Xela concuerda con Zúñiga
al asegurar que en una cabecera departamental no hay muchos
gastos que hacer pero los salarios son demasiado bajos en
comparación con la capital.
“Es casi la mitad de lo que se gana en otro lado”,
señala. “Lo bueno sería generar empleos
en el área turística y agrícola para
evitar que la gente salga de su tierra y que, quienes salen
de la capital, tengan nuevas oportunidades de trabajo”,
dice Zúñiga.
Estrada también relata que la búsqueda de un
buen empleo comenzó cuando escuchó anuncios
a través de la radio. “Me fui a Xela por la necesidad
de estudiar en la Universidad pero si se presenta una mejor
oportunidad en la capital, no lo pienso dos veces y me iría
porque allá sí se gana bien”, agrega.
La
distancia no es problema
Vivir a cientos de kilómetros de la capital no es sinónimo
de vivir aislado. En un país en el que la telefonía
ha tenido un crecimiento acelerado, la comunicación
no es un problema. Datos de la Superintendencia de Telecomunicaciones
indican que en 1997 había 430 mil líneas fijas
y 64 mil celulares, mientras que a junio de 2005 ya eran 1.2
millones de fijas y 3.5 millones de móviles.
Además, el acceso a internet por medio de locales que
se dedican a ese negocio y las facilidades de pago que ofrecen
las empresas de cable, ha sido más fácil de
obtener en los últimos dos años. El precio por
alquiler de una computadora conectada a la red oscila entre
Q5 y Q12 por hora, dependiendo del lugar.
Y debido a que la educación de los hijos es motivo
de angustia para las familias, algunas instituciones trasladaron
una réplica de colegios capitalinos. En Santa Lucía
Cotzumalguapa, Escuintla, como un proyecto de la Universidad
del Valle de Guatemala, fue creado el Colegio Americano, ubicado
en ese municipio con la intención de fortalecer las
capacidades de los alumnos que estudien en la costa sur.
En este caso, el centro educativo cuenta con educación
bilingüe impartida por extranjeros, 20 alumnos por clase
y los profesores poseen título universitario y maestrías.
Se
van a trabajar
Pero la decisión de irse de la capital no siempre es
iniciativa de la persona de forma voluntaria. De acuerdo con
Bernardo Rohers, gerente de Relaciones Públicas de
La Fragua, en ocasiones es la empresa la que sugiere el cambio.
“En Almacenes Paiz tenemos varios casos en los que se
le ofrece un mejor puesto a la persona y un mejor salario.
Por eso le ayudamos a conseguir una casa y le damos varias
opciones de colegios para que se acomode bien y no llegue
desorbitado a su nuevo hogar”, dice el ejecutivo.
Al igual que Rohers, María Eugenia García, gerente
de Mercadeo de Bimbo, coincide en que un ascenso es la razón
más poderosa para que un colaborador acepte irse de
la ciudad. “En la empresa se han ido varios para occidente
porque allá está un centro de distribución
y son felices”, asegura.
Por ahora, no hay estadísticas pero el parque vehicular
en la capital cada vez crece más. Hasta ahora, la Municipalidad
Metropolitana tiene un conteo de 811 mil carros y según
los pronósticos, este año podría terminar
con 1 millón de automotores recorriendo la ciudad.
Nuria se siente tranquila y asegura que en un departamento
en donde hay 35 agencias bancarias, hospital, supermercado
y un campo en donde juegue con sus hijos, no le falta nada.
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