Por:
Carolina Vásquez Araya
elquintopatio@mac.com
La
mujer no sólo es víctima del abuso y la violencia
por parte de su pareja, sino también de la intolerancia
de muchas de sus congéneres quienes han absorbido,
en mayor o menor medida, los rígidos preceptos de la
sociedad patriarcal en que viven, reproduciéndolos
en sus propios hijos.
Esta
actitud se refleja en el estudio publicado en la edición
de Prensa Libre del domingo 17 de septiembre, en el cual se
puede observar el altísimo porcentaje de mujeres víctimas
del abuso de poder -físico o económico- de su
pareja y cuántas aún consideran su deber mantener
una actitud de obediencia y sumisión.
El tema no es fácil ni agradable, pero es una obligación
de todos los integrantes conscientes de la sociedad debatirlo
y analizar todas sus posibles variantes. Sólo de esta
manera se podrán realizar los cambios necesarios para
construir una relación más justa y equitativa
entre seres humanos, con los mismos derechos y responsabilidades.
La
situación de menoscabo experimentada por la mujer guatemalteca,
en especial por la mujer indígena, pobre y analfabeta,
representa una vergüenza para todos los ciudadanos y
un estigma para el país.
Pero
también la violencia, la discriminación y la
negación de derechos es ejercida en contra de millares
de mujeres de clase media y alta, sean profesionales, amas
de casa, obreras o estudiantes y cuya condición de
género es un impedimento para desarrollar una vida
plena y feliz, libre de prejuicios y amenazas.
Los
números son contundentes: el 70 por ciento de los hombres
guatemaltecos prefiere que la mujer se quede en casa y, como
hasta hace poco la ley especificaba que una mujer casada no
podía trabajar sin permiso del marido, muchas aún
creen que su pareja tiene el derecho de impedírselo,
así como creen que el hombre es superior (39%) y que
la mujer es la única responsable de cuidar a los hijos,
hacer la comida y limpiar la casa (94%).
Esta
percepción de sí misma constituye una prisión
construida durante generaciones por un sistema patriarcal
hermético, el cual no ha dejado resquicios por donde
pueda filtrarse un poco de libertad.
De
hecho, el actual Congreso de la República con su aplastante
mayoría masculina, impide cualquier intento por cambiar
leyes sexistas, por eliminar obstáculos que impiden
un trato igualitario, por tipificar delitos como el acoso
sexual y otros derivados de la violencia contra la mujer y,
con la abierta complicidad de los partidos políticos,
entorpece cualquier intento por lograr una representación
femenina más amplia en las instancias políticas.
La
violencia intrafamiliar, las agresiones sexuales y los asesinatos
de mujeres son la consecuencia natural de esta actitud machista,
torpe y contraria a los postulados de la democracia. |